miércoles, 16 de enero de 2008

POÉTICA DEL OUTSIDER


Carlos Yusti


He conocido una buena cantidad de poetas. Muchos tienen un ego tan leudante que a larga esto los convierte en seres insoportables. Algunos otros son sólo unos chapuceros en eso de las metáforas y a veces su vida es lo realmente poético. Otros, muy pocos, asumen la poesía desde el abismo. Cuando conocí a Francisco Arévalo supe que estaba en presencia de un artesano de las palabras, frente un alquimista del lenguaje que se aventuraba por encontrar la piedra filosofal de esa metáfora desollada a media calle.

Francisco Arévalo tiene tantos libros de poesía escritos como barra de bares recorridos. Nadie pone en duda su capacidad etílica y mucho menos sus dotes de áspero poeta urbano. Destaco esto porque el poeta es en muchos aspectos un sensible catador de la vida más allá de ese papel celofán de apariencias y realidad que la envuelve. Un poeta tiene puntos de contacto con el santo gracias a su verbo y otras veces conecta con su demonio cuando intenta vivir su existencia con desinhibida espiritualidad.

Uno que trata de leer, vivir y beber mucha literatura a veces corre el riesgo en convertirse en personaje de sus andanzas, de que nadie tome en serio eso de trabajar con las palabras desde la concienzuda paciencia del artesano. En Valencia nadie daba un centavo por mi, nadie creía que algún día llegaría a escribir un libro y para el colmo publicarlo. Sin duda con Arévalo ha ocurrido otro tanto en estos parajes de hormigón de Ciudad Guayana que el pregona y canta en sus poemas.


Nadie decide de buenas a primeras ser poeta. La poesía elige a un grupo minoritario de desdichados, de seres carcomidos por la sensibilidad, el licor y las drogas duras tratando de encontrar la metáfora luminosa que los redima de tanta sombra acumulada, de tanta mugre adherida al grito del alma. Nadie puede decretarse poeta por el solo hecho de colocar palabras en columna, ni por escribir cursilerías amorosas, repetidas hasta la nausea, en cuadernos escolares. La poesía es una manera de escribir/sentir al mundo a través del lenguaje en una condición excepcional; es un apostolado que algunos lo ejercen con tiránica soberbia y otros lo asumen con equilibrada sencillez. De cualquier modo la poesía elige a sus victimas/voceros para escribir las metáforas que hacen menos opresiva la época horrible que nos ha tocado en suerte.

Francisco Arévalo fue elegido por la poesía muy a su pesar y en su escarpado peregrinaje como poeta ha escrito algunos libros, ha trabajado con descarnada crudeza la hojalata del lenguaje hasta sacarle un brillo específico. Su poesía se pasea por la realidad cruda y su escritura renuncia al lenguaje enjoyado de falsos oropeles metafóricos y asume las palabras desde ese contexto del fragor cotidiano. Hace su poesía con el alma y la carne de los arrabales de la ciudad descubriendo una belleza sin maquillaje retórico, dejando escuchar los compases de una indiscutible música de cañería y mugre. No por azar Rafael Rattia escribe: “Francisco Arévalo asume la creación poética con todo el riesgo que comporta fraguar un texto dictado por quién sabe que demiurgo que lo visita en la alta madrugada cuando el escritor se debate entre los turbios y mortales acantilados de Escila y Caribdis. El padecimiento de ser tan solo una sombra en medio de las sombras, la imborrable ansiedad de traer el día con la urgencia de la escritura, no es un oficio dado ni una simple elección, es una huella indeleble que hereda el creador y que le dignifica y asigna atributos propios de la creación simbólica.”


Desde su primer libro de poesía (titulado Brote) ha tenido más aspecto de poeta maldito que de poeta municipal. Luego también ha ensayado con la novela, con el cuento y con el artículo de prensa demostrando perseverancia creativa, obstinación literaria en el peor y mejor sentido. Después ha proseguido martilleando en su máquina portátil mucha poesía, se ha ganado algunos premios y todavía no se convence del todo de esa aciaga profesión que es la escritura. Siempre tuvo aires de “outsider”, de poeta al margen con más vocación de irreverente sin tiempo que de bustogranescritor en plazoleta.

Poesía escrita en la intemperie de las emociones, con los nervios al aire y con los sueños despeinados en los márgenes de la ciudad. Este nuevo libro “Razones de Noctívago” reúne un conjunto de libros poéticos (algunos bastante delgados) dispersos por el tiempo y por el número de ejemplares impresos (100 o 500), libros desencuadernados como la vida de Arévalo, informes criaturas de papel que tratan de otorgarle perfiles poéticos a estos parajes de hormigón, que intentan forjar la carne metafórica a esta esquelética urbe de cabilla y concreto armado, que hace lo posible por proporcionarle importancia al paisaje dibujado a regañadientes en las pupilas de una mujer que pasa, de un par de piernas que se confunden con la línea enrojecida del horizonte. Poesía hecha con la ortografía candente de los días.

La poesía de Arévalo es un recuento del rostro menos luminoso de la ciudad y su desarraigo con los espejos es definitivo ya que no busca ser el reflejo de eso que comúnmente se acepta como bello y asume el riesgo de mostrar un mundo sórdido que esconde siempre una metáfora menos trillada y empalagosa. Su poesía es un mapa de sus emociones, de lo odiado y lo amado, de todo aquello que le enerve y lo saca de sus casillas para situarlo en los bordes de esa respuesta desolada y baldía que es muchas veces la poesía.


La poética de Arévalo en su conjunto respira el aire canalla de la calle, de ese suburbio atiborrado de prostitutas, chulos, borrachos, buscavidas y todo los malvivientes que pululan en esos abismos de la ciudad. Arévalo rastrea esa belleza otra. Como poeta sin prejuicios saca partido estético de ese mundo nocturno del bar (esa otra iglesia donde el barman escuchas las confesiones más insólitas y ofrece el vino de manera prodiga) y el burdel. Como incansable noctívago se curtió la piel con el sacramento de los bajos fondos. Al final su poesía es una música en constante pugilato con la vida, que por otra parte siempre toma su revancha sobre cualquier escritura.

Celebro este libro “Razones de Noctívago”, esta suma poética debido a su temática noctámbula, me place ese poesía despiadada y un tanto descosida por la emocionalidad, de ese verbo poético hecho con retazos del alma y con fragmentarios recortes de una vida llevada en volandas, de una existencia curtida en ajenjo y madrugada. En muchas ocasiones nos encontramos en estos parajes de hormigón. Conversamos sobre este oficio de hacer malabares con las palabras, con esa serpiente viva y cambiante del lenguaje bajo este cielo de forasteros que es Ciudad Guayana, o como él lo ha escrito: “En Puerto de Tablas—cielo de forasteros—mi trabajo es lo más parecido al de un encantador de serpientes”.

En la calle lo espera la poesía de piernas abiertas. No soy bueno para eso de las metáforas y muchos menos tengo paciencia para escribir frases hechas. Lo nuestro es la palabra viva, dotada de vísceras, amores y odios. En una oportunidad un artista dijo que el arte se hace con sangre. No obstante un escritor le ripostó: “Con sangre lo único que se hace es morcilla”. Cuestión en lo único que parecemos coincidir Francisco y yo.

FRANCISCO ARÉVALO: LOS NERVIOS INCANDESCENTES

Rafael Rattia

Miércoles, 14 de abril de 2004

“Sólo una cosa cuenta: seguir nuestra naturaleza, hacer lo que estamos destinados a hacer, no ser indignos de nosotros mismos”.
E.M.Cioran. CUADERNOS.1957-1972

“ALGO MÁS QUE BALADAS AGRIDULCES”. Editorial Arkadia, 1ª edición, 2004, 83 páginas.
Este es un libro “dinamita”, justamente como lo quería Federico Nietszche; pues en él está el artista absoluto, es en este libro donde el poeta Arévalo es dios. Si existe algo en este mundo que me honra y enaltece es precisamente la amistad que une a este poeta venezolano que viene desde hace un par de décadas forjando una literatura digna de mejor encomio. Por decir lo menos, no es justo que los textos de poesía de este egregio escritor, digno exponente de la creación poética de la última vanguardia venezolana, no figuren entre los libros de lectura obligatoria en escuelas e institutos de educación secundaria de este país. No es exagerado, Francisco Arévalo ya ha alcanzado por derecho de primogenitura una impresionante madurez poética que lo sitúa entre los poetas Mayores de nuestra larga y dilatada tradición literaria nacional. La extraordinaria calidad de su lírica lo atestigua fehacientemente. Toda la obra poética de Arévalo es una verdad apodíctica y quien ose dudar de ello es que no conoce la historia de la literatura contemporánea de este país. Este libro que desde sus primeras páginas cautiva la atención (la sensibilidad estética) del lector se me antoja un compendio asaz ambicioso de toda la desmesurada trayectoria creativa del autor. Se trata de un audaz díptico que reúne casi un centenar de poemas de disímil extensión pero que comparten un rasgo característico: la pertinaz búsqueda del Absoluto a través del poema. La poemática contenida en este libro es una que se pretende legataria de los abismos del ser; cada poema es una terrible incursión a las simas de la angustiada humanidad que el poeta asume como raíz de una genealogía íntima. La escritura del autor de este libro se gesta en medio del más terco insomnio, es así como el poema se anuncia sigiloso y cauto:Este es un libro “dinamita”, justamente como lo quería Federico Nietszche; pues en él está el artista absoluto, es en este libro donde el poeta Arévalo es dios. Si existe algo en este mundo que me honra y enaltece es precisamente la amistad que une a este poeta venezolano que viene desde hace un par de décadas forjando una literatura digna de mejor encomio. Por decir lo menos, no es justo que los textos de poesía de este egregio escritor, digno exponente de la creación poética de la última vanguardia venezolana, no figuren entre los libros de lectura obligatoria en escuelas e institutos de educación secundaria de este país. No es exagerado, Francisco Arévalo ya ha alcanzado por derecho de primogenitura una impresionante madurez poética que lo sitúa entre los poetas Mayores de nuestra larga y dilatada tradición literaria nacional. La extraordinaria calidad de su lírica lo atestigua fehacientemente. Toda la obra poética de Arévalo es una verdad apodíctica y quien ose dudar de ello es que no conoce la historia de la literatura contemporánea de este país. Este libro que desde sus primeras páginas cautiva la atención (la sensibilidad estética) del lector se me antoja un compendio asaz ambicioso de toda la desmesurada trayectoria creativa del autor. Se trata de un audaz díptico que reúne casi un centenar de poemas de disímil extensión pero que comparten un rasgo característico: la pertinaz búsqueda del Absoluto a través del poema. La poemática contenida en este libro es una que se pretende legataria de los abismos del ser; cada poema es una terrible incursión a las simas de la angustiada humanidad que el poeta asume como raíz de una genealogía íntima. La escritura del autor de este libro se gesta en medio del más terco insomnio, es así como el poema se anuncia sigiloso y cauto:

“Cuando la madrugada es una cuestión
de muros insaltables
donde una temible
diminuta
iracunda
pastilla de VALIUM los lleva
a confrontar la claridad por venir.”
Francisco Arévalo asume la creación poética con todo el riesgo que comporta fraguar un texto dictado por quién sabe que demiurgo que lo visita en la alta madrugada cuando el escritor se debate entre los turbios y mortales acantilados de Escila y Caribdis. El padecimiento de ser tan solo una sombra en medio de las sombras, la imborrable ansiedad de traer el día con la urgencia de la escritura, no es un oficio dado ni una simple elección, es una huella indeleble que hereda el creador y que le dignifica y asigna atributos propios de la creación simbólica.
La asombrosa valentía de este escritor lo lleva a colocarse al borde de la más réproba impudicia, le importa un bledo lo que piense el lector y su propuesta poética no hace concesiones de ninguna índole. No se anda con moralinas ni actitudes gazmoñas para izar la metáfora exacta, los tropos certeros, la imagen precisa y fulminante; es que Arévalo es un escritor auténtico, es el portaestandarte de una gran osadía verbal a la hora de escribir sus visiones y cosmovisiones.
rafaelrattia@yahoo.es

Dos poemas de FRANCISCO ARÉVALO -Venezuela-




PALABRAS DE MAYO EN GEORGETOWN


Hoy es un día de paraguas y sonidos desconocidos
Donde los collares de la tarde se visten escurridizos
La fresca herradura colonial en los rostros de las casas
Y tantos caminos que llevan a una fiesta de frutos abiertos al sol
El riesgo de la distancia que no distingue porvenir
Esa gota melancólica que hace agujeros en el desvarío
Los atuendos floridos que acercan a tus señas XIO
Cierta rebelión con sabor a jengibre que toca las entrañas
Puerto España la dejé estancada en el aliento de sus cayenas
La sombra de la despedida
Y tu jardín que persigue el blanco en sus rincones
Regusto por el escandaloso mediodìa donde me urge contrincante
El hotel y su pasillo de abstracciones que me siembran calor reflexivo
Dramàtico espejo luminoso cuando el olvido no toma camino
Aquì se funden las pisadas del cordial silencio
Mi hombro de guerrero diestro en perder esplendorosas batallas
La tranquilidad que agota lo venidero
Y un derroche de flores en los extremos que tiñen los párpados
Hay amores que se guardan en las esquinas
Mientras un contingente de pájaros indica el río que reclama retorno
La búsqueda de lo femenino que se diluye
Tanto pesimismo en los labios de una muerte que no llega al cielo
No sè en que momento tus manos se fueron con el desencuentro
Y esas palabras que ya no llegan en tu sexo y melodía
La nada es un misterio que calma la exactitud de tus pechos
El castillo derrumbado en las enredaderas del amanecer
Donde cavilo
Un azul derramado que esconde en sus pliegues mis traviesos fantasmas.


SABADO CON INSECTOS

Se entra desnudo a la palabra
La ambigüedad de esta noche y sus sabores que se fijan en la piel
El sedimento que busca el preciso tratado para hinchar el sueño
Abril era la puerta de entrada al desespero
Esta tenacidad por lo desconocido que me viste de susto
En mi camino de vértebras tu retoño
Y la ilusión que tus semillas llegaran a mis manos
El corazón que late en los caminos de la cúrcuma
Están en la azotea los adoradores con sus pasos de rito
Aridos como la boca de un anciano sabio
A mi diestra un cesto de cayenas que pulverizan bostezos
La vara con que mido mis impertinencias
Para resbalar en la cólera tropical que empuja esta oscuridad con insectos
Es cuando me falta la destreza que filtra tu mirada
La voz de tu arroyo en los pasillos de mi sangre.

Georgetown 19 de mayo 2007.

FRANCISCO ARÉVALO


"El silencio también es parte de la obra"

El recientemente ganador del premio Alarico Gómez, Francisco Arévalo, conversó sobre sus fuentes de inspiración y de cómo la literatura y el arte le han servido como sostenes espirituales.

Marcos David Valverde

Llega a la sede de Correo del Caroní con sus característicos lentes oscuros, hablar seguro, bigotes y una actitud demasiado relajada, propia de los poetas. Es Francisco Arévalo, recientemente galardonado con el premio Alarico Gómez, por el libro Tropiezos en el Campanario.
Conversar con este hombre es darse cuenta de la grave situación de la literatura no sólo en el contexto local, sino también nacional y mundial.
La posición de Arévalo en cuanto a las banalidades de los actuales temas de la literatura es sumamente crítica, pero considera que mientras estos hagan feliz a un grupo de personas, son completamente válidos.
En esta entrevista el poeta se descubre como un ser humano que existe para escribir, al tiempo que reconoce lo difícil que es vivir de la literatura en un país como Venezuela.

Crisis e involución

A juicio de Arévalo, en el municipio Caroní y en Venezuela hay una crisis en el ámbito literario que se contrapone con el huracán de ideas que tienen muchas personas a la hora de expresarse mediante el delicioso arte de la escritura.
"Tenemos que ubicarnos, en primer lugar, en el hecho de que somos un país con poca cultura lectora, a pesar de que ahorita hay un plan nacional de incentivo a la lectura. Pienso que en ese sentido y en el sentido de la formación del ciudadano, los venezolanos tenemos una involución muy grande, y no puede pretenderse que de la noche a la mañana la gente asuma la lectura con obligatoriedad, porque en todo el mundo está esa crisis", sentencia Arévalo, con un tono reflexivo y realista.
A pesar de esa crisis de lectura, el poeta se alivia con el hecho de que hay personas con intereses y pensamientos vanguardistas que tienen como medio de expresión la literatura y sus bondades.
"Lo que no existe es una crisis de ideas, porque hay gente que continúa insistiendo en que a partir del libro se pueden expresar ideas, pero puede verse afectado por un culto anodino a la tecnología y a nuevas formas de distracción que te han apartado de lo que fue esa costumbre con la cual, de repente, yo me crié: leer", continúa.
Explica que con el tiempo los parámetros en cuanto al buen hábito de la lectura han cambiado, debido a que anteriormente los niños eran criados con este hábito con el fin de crecer más como seres humanos y lograr ser mejores ciudadanos.

Escritores desarraigados

Arévalo explica que con la llegada de la postmodernidad, los escritores son vistos como sujetos comunes y corrientes que no tienen una capacidad de cambiar y marcar una época, sino que se ven en la necesidad de subsistir como cualquier otro.
"Los escritores de la postmodernidad son sujetos que viven una serie de situaciones que lo ubican en el desarraigo, pero que contradictoriamente lo reafirman en un oficio muy duro, que es el oficio de escribir y de pensar", expone.
Señala que la escritura tiene una relación directa con la lectura, debido a que el 98 por ciento del proceso creativo de un escritor transcurre en la lectura.
De acuerdo con esas premisas, los procesos de escritura de Arévalo tienen que ver con la lectura y con la manera de comparar la estética planteada con otros creadores respetables.
Destaca, además, que en ciertos momentos es importante tomar en cuenta el silencio. "Cuando uno escribe, también el silencio es parte de la obra. Si no tienes nada que decir, ¿para qué escribir? A veces, para no decir imbecilidades, es mejor asumir el silencio, porque este es uno de los fundamentos más especiales y preciosos del proceso creativo", agrega.

Solidaridad como señal de avance

El ganador del premio Alarico Gómez determina que mientras en el mundo exista pobreza y falta de democracia no hay un proceso de avance del hombre como ser humano solidario.
"Todas las cosas comienzan de una manera benévola para el ser humano cuando se le reivindica. Cuando tú abres la prensa y ves esa cantidad de jóvenes que mueren (porque en este país y en Latinoamérica quienes mueren son los jóvenes) puedes ver lo espantoso que es la falta de solidaridad, y lo peor es que en nuestros barrios pasa eso", lamenta.
El tema de la pobreza es un motivo de mucha angustia para Arévalo, razón por la cual lo reflejó en Tropiezos en el Campanario, como su manera de expresar un descontento por la violencia que predomina en los sectores más pobres.
"A mí siempre me ha atraído el lado oscuro de la sociedad. El lado brillante todo el mundo lo enseña y todo el mundo lo conoce, y ese impacto generado produjo ese trabajo (Tropiezos en el Campanario). Por supuesto, tuve que disfrazar muchas situaciones porque eran profundamente dolorosas", explica en relación con el origen de la obra que lo hizo ganador del premio Alarico Gómez.

Sostén espiritual

Arévalo deja claro que personas como él, que dedican una gran parte de su tiempo a expresarse a través de la literatura, no pueden aspirar vivir de sus escritos, y mucho menos en un país como Venezuela, donde la lectura es vista con indiferencia.
Sin embargo, asegura que la literatura va más allá de eso, porque este arte se ha convertido, con el paso del tiempo, en su sostén espiritual.
"Yo siempre he sostenido que el arte es parte de mis sostenes espirituales, aparte de que yo ejerzo la literatura como oficio y trabajo en difusión cultural, donde me relaciono con este ámbito. Esto me hace tener una vida más feliz y éticamente más saludable", expresa.

Sociedad enferma

El poeta Francisco Arévalo advierte que la sociedad se encuentra sumamente enferma por la falta de solidaridad que hay entre sus miembros.
"Esa moda de la competitividad, de tener que ser avasallante con la persona que tienes al lado en el trabajo, genera rabia, angustia e incomodidades, y de ahí sale la magia de esa literatura que tiene como fin cubrir esos conflictos y servir como una cura", señala en relación con el éxito de autores como Paulo Coelho.

Tomado del diario Correo del Caroní.